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Los Textos Literarios De Autores Dominicanos



El Ministerio de Educación de la República Dominicana (MINERD), en el Currículo del Nivel Medio, propone que la Lengua Española en el primer ciclo tenga como propósito general: Consolidar la capacidad de comprensión y producción de textos orales y escritos y sistematizar los conocimientos que le faciliten el desarrollo del pensamiento lógico, la capacidad creativa y su interacción social. Más específicamente, en el área de Literatura, hace referencia a los propósitos que debe perseguir esta asignatura. Dice que los estudiantes de este grado deben leer textos literarios de autores nacionales e hispanoamericanos para apreciar los recursos poéticos y técnicas propios de la Literatura. También, deben producir textos, orales y escritos que respondan a las características de obras literarias.




los textos literarios de autores dominicanos



En cuanto a los contenidos de Literatura que han de ser trabajados en este curso en el documento titulado Contenidos Básicos de las Áreas Curriculares, el MINERD establece que en el mes de diciembre se imparta Análisis de la organización de textos literarios y no literarios, tomando en cuenta las variedades de entonación, pronunciación y ritmo correlativos al género y al sentido de cada texto. Y que en marzo se desarrolle la Lectura de textos literarios de autores hispanoamericanos y dominicanos para apreciar valores propios de cada país, temas, géneros, recursos empleados y estilo de cada autor. Determinación de las características de esas literaturas.


Es a partir de esta secuencia temporal, cuando se van produciendo los textos literarios representativos de cierta conciencia histórica y cultural dominicana. Salomé Ureña, Gastón Fernando Deligne, Rafael Deligne, César Nicolás Penson, Javier y Alejandro Guridi y otros que van forjando el campo de la conciencia cultural nacional.


Difícilmente antes del siglo XIX se podría hablar de textos fuera del casillero de la literatura colonial. Los primeros autores nacionales, entonces, contarían entre sus filas a José Núñez de Cáceres, Juan Pablo Duarte, Nicolás Ureña de Mendoza, que serían los que rondan el año 1844, el de la proclamación de la República Dominicana. Luego vendrían José Joaquín Pérez, Manuel de Jesús Galván, Nicolás Ureña de Mendoza y su hija Salomé Ureña.


En las décadas del 2000, surgen Néstor Rodríguez, autor de Escritura de desencuentro en la República Dominicana (2005), Eugenio García Cuevas, con Poesía dominicana moderna del siglo XX en los contextos internacionales (2011), Miguel Angel Fornerín, con Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana (2004), Pura Emeterio Rondón, autora de Narrativas dominicana y haitiana (2007), Franklin Gutiérrez, autor de Enriquillo: radiografía de un héroe galvaniano (1999), Odalís G. Pérez, con La ideología rota (2002), Fernando Valerio Holguín, autor de Presencia de Trujillo en la narrativa contemporánea (2006), Banalidad posmoderna: ensayos sobre la identidad cultural latinoamericana (2006) o El bolero literario en Latinoamérica (2008), Plinio Chahín con (Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos (2005) o Pensar las formas (2018), José Mármol, autor de Las pestes del lenguaje y otros ensayos (2004) o La poética del pensar y la Generación de los ochenta (2007); Miguel de Mena, en Iglesia, espacio y poder: Santo Domingo 1498-1521 (2007), Basilio Belliard, autor de Soberanía de la pasión (2012), El imperio de la intuición (2013) y Octavio Paz o la búsqueda del presente (2019), Fernando Cabrera, con Utopía y modernidad: poesía finisecular dominicana (2008), Ser poético: ensayos sobre poesía dominicana contemporánea (2012), Guillermo Piña Contreras, autor de Enriquillo: el texto y la historia (1985). Igualmente, en este Nuevo Siglo, como cultores del género, se destacan Miguel Collado, Nan Chevalier, Máximo Vega, Fidel Munnigh, Juan Carlos Mieses, Avelino Stanley, René Rodríguez Soriano, Manuel García Cartagena, Diógenes Abreu, Andrés Merejo, Esteban Torres, Diógenes Abreu, Silvio Torres Saillant, entre otros. Es decir, narradores o poetas, o autores de un libro de ensayo, o que cultivan el género de modo esporádico o iniciático. Como se ve, el ensayo ha adoptado nuevos bríos y empuje, tanto desde el ámbito académico como no académico, y tanto en autores citadinos, como de nuestra diáspora o de provincias. Algunos han desarrollado su faceta de ensayistas tardíamente y otros de modo esporádico o constante. En efecto, el ensayo y la novela son géneros de madurez, y exigen cultura, dominio de la lengua y constancia en el oficio, y de ahí que no es común que lo cultiven los jóvenes autores, como sucede con el cuento y la poesía.


El ensayo en nuestro país tiene dos cauces: el ensayo no académico, que se practica en el ámbito del periodismo cultural, a través de revistas y suplementos culturales; y el ensayo académico, que se cultiva en el ámbito universitario, a través de tesis de grados y artículos indexados. En un país letrado, donde la crítica literaria domina el discurso del ensayo literario, la práctica del ensayo como género de no ficción, va a la saga de la novela, la poesía y el cuento. Salta a la vista, que lo que más se lee en nuestro país es la novela y el ensayo histórico-político, y lo que menos se lee es el teatro, aunque lo que más se escribe es la poesía. Los temas ideales del ensayo histórico dominicano actual son: la era de Trujillo, la Revolución de Abril, el tema haitiano, la Iglesia Católica y los padres de la patria. Esos temas despiertan el morbo y la fascinación de los lectores nacionales y extranjeros. De ahí que los ensayos histórico, político y sociológico han sido los más apreciados y visitados. No así el ensayo filosófico, a pesar de haber tenido nosotros a un gran filósofo como Andrés Avelino. En cambio, el ensayo literario se reduce a una minoría de lectores, estudiantes, escritores o autores interesados en conocer o difundir la vida y la obra de los escritores y poetas dominicanos, un movimiento o generación literaria, tendencia o época.


El estudio de siete textos literarios forma parte de este trabajo. Convencida del alcance que tiene la literatura en la proliferación de las ideas de la clase dominante, Lister adentra su mirada crítica en la producción literaria bajo la tiranía trujillista (1930-1961) así como durante el periodo post-dictatorial y el periodo actual. Pero aún más novedoso es la selección de los textos que representan, de una forma u otra, la diversidad lingüística del caribe. Entre los autores que forman parte de su estudio se encuentran en orden de discusión: Freddy Prestol Castillo, Ramón Marrero Aristi, Juan Bosch, de la (República Dominicana); Jacques Stephen Alexis (Haiti), Edwidge Dandicat (Haiti -EEUU); Ana Lidya Vega (Puerto Rico) y Mayra Montero (Puerto Rico-Cuba).


Siguiendo los pasos y la metodología multidisciplinaria de algunos de los precursores de la nueva historiografía dominicana, Lister pone en relieve los orígenes del discurso racista y xenófobo en la República Dominicana. En ese sentido, la historia, la semiótica y la sociología, sirven de herramientas teóricas para la interpretación de la sociedad dominicana y como esta ha sido re-interpretada y en décadas recientes, tergiversada a manos de autores e intelectuales tan diversos como Ramón Marrero Aristy y Freddy Prestol Castillo, antiguos colaboradores del régimen trujillista que esgrimieron el racismo de forma directa y en muchos casos, de forma más indiscreta; escritores e intelectuales que apoyaron el régimen aun a sabiendas de la masacre en contra de nacionales haitianos y dominicanos del 1937 ejecutada a manos del tirano y su Guardia Nacional. A la misma vez, Lister ofrece al lector la contraparte a los escritores conservadores como por ejemplo, Juan Bosch, figura clave de la cuentística dominicana y la política de mitad del siglo veinte; y Jacques Stephen Alexis, escritor de Haití, militante comunista y conocedor de la realidad dominicana a raíz de sus orígenes dominicanos por lado materno. En cuanto a la inclusión de los textos de Edwidge Dandicat, Ana Lidya Vega y Mayra Montero, Lister ofrece al lector otras miradas en torno al tema de las relaciones dominico-haitianas. Un tema que no ha dejado de pasar desapercibido en las islas del Caribe y en Norteamérica donde reside una gran población de inmigrantes de origen haitiano y dominicano.


Luego, Álvarez manifestó su regocijo por el agasajo y dijo que por primera vez sentía que los escritores del país celebraban a una autora con tanta empatía y generosidad. Además, animó a los autores a participar en concursos literarios internacionales.


Mirada desde este ángulo, no es casualidad que LPS haya incluido en sus páginas piezas de la tradición clásica española: San Juan de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Fernando de Herrera, Luis de Góngora y Lope de Vega. Se trata de que LPS se siente heredera de esa tradición y quiere testimoniarlo publicando sus textos. En esa línea tampoco son aleatorios sus vínculos con algunos de los autores de la Generación del 27 y con Juan Ramón Jiménez, maestro de esa generación.


Influidos por el surrealismo y las vanguardias europeas, adversarios del regionalismo localista y la pobreza cultural. Propugnaban por una poesía con el hombre universal en contraposición a los que respaldaban un proyecto nacionalista que se había convertido en estandarte de polémicas literarias. Los poetas sorprendidos trabajaban en equipo, con verdadero y profundo espíritu de grupo. Formaron una revista en la que divulgan textos suyos y de poetas de todo el mundo. Durante los años en que se mantuvo la publicación (1943-1947) aparecieron en los cuadernos de LPS muchos de los textos más sólidos que se hayan escrito en el país en este siglo (Los escritores dominicanos durante la dictadura de Trujillo, 194).


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